EFE
Santo Domingo, RD
Natalia se fugó de su casa, en el interior de República Dominicana, la víspera de su boda. Tenía 16 años y trataba de huir de un matrimonio con un hombre mucho mayor y al que no amaba. Pero su madre le dio caza, la llevó a la iglesia y, mientras le colocaba la tiara, la amenazó: “Si cuando te pregunten que si tú aceptas casarte con él, tú dices que no, yo te mato y me mato yo”.

El recuerdo de los golpes que le había propinado su madre en otras ocasiones para impedirle que dejara a su novio dotaba a la amenaza de muerte de una credibilidad incontestable.

Así que la joven no tuvo más remedio que acatar la orden materna y comenzar una vida en común con un hombre por el que no sentía ningún afecto y con el que, al cabo de 15 años de relación, ya ha procreado cuatro hijos.

El día de su boda, Natalia -nombre ficticio- pudo constatar que no estaba sola. Le rodeaban sus primas, todas ellas adolescentes casadas o con novios formales. Una imagen que ilustra una dura realidad para las niñas en República Dominicana: uno de los países con mayor número de matrimonios infantiles del mundo.

Al menos una de cada cinco dominicanas termina casada o en uniones informales siendo menor de edad, y en muchas ocasiones, con hombres que les doblan la edad.

El matrimonio infantil está legalizado a partir de los 15 años para las niñas y, en estos momentos, tramitan dos iniciativas que tratan de prohibirlo, una por la vía judicial y otra por la legislativa, pero las estadísticas muestran que el problema está tan profundamente arraigado que escapa a los límites de la ley.

De hecho, en el 12 % de las bodas o uniones que se registran en el país la novia tiene menos de 15 años, una cifra que duplica la media de América Latina (5 %), según datos de Unicef.

EL MACHISMO IMPERANTE

Los motivos que explican tal cantidad de matrimonios infantiles forzosos son varios, explica a Efe la ministra de la Mujer, Mayra Jiménez: el hecho de que esta práctica sigue siendo legal, políticas públicas “que han fallado”, además de “un problema cultural” y “un problema de machismo”.

También inciden otros factores, como la expectativa de salir de la pobreza, la violencia intrafamiliar, la hipersexualización de las niñas o la religión.

Este último fue el caso de Natalia: su madre no concebía que su hija pudiera tener más de una pareja en la vida.La presión de la madre continuó incluso después de la boda, obligando a su hija a satisfacer el apetito sexual de su marido contra su voluntad.

“Cuando yo tenía que tener relaciones con él, con alguien que yo no amo, que yo no amaba, que ya era obligatorio, muchas veces él me decía cuando yo no quería: voy a hablar con tu mamá. Y como mi mamá es fuerte, yo le tengo miedo, tiene un carácter fuerte, yo accedía. No había de otra”, dice con resignación.

Ahora, Natalia asegura que se ha “acostumbrado” y que aguanta con su marido por el sentido de “responsabilidad”, para criar a los cuatro hijos que tienen en común.

ESCAPATORIA AL MALTRATO

A los 16 años, Yorllina Cuevas conoció a su futuro marido, entonces de 28 años, mientras lavaba ropa en un canal en La Lista, una aldea en la provincia de Barahona (suroeste), una de las zonas más pobres del país y con tasas más elevadas de bodas infantiles.

Él se sorprendió por los moretones en el rostro y en el torso de Yorllina, causados por las constantes palizas que le daba su padre. Ella vio en aquel hombre una escapatoria.

“Era como buscar una protección, mi padre nos maltrataba mucho a mí y a mi madre. Era buscar un refugio, no porque pensaba que yo estaba preparada para un hogar o una familia”, argumenta.

Pocos meses después, ya casados, se mudaron a la capital. Yorllina enseguida se quedó embarazada y descubrió entonces el carácter de su marido, un hombre controlador que no la dejaba salir con amigas, ni elegir su ropa.

“Fue bien difícil para mí. Y con una barriga bastante grande y primera vez que estaba embarazada y sin nadie alrededor de mi familia. Yo me sentía como que si vivía como un secuestro, pero conociendo al secuestrador”.

El estrés de la relación, asevera, le llegó a provocar un aborto.

En una huida hacia adelante, con 21 años, Yorllina dejó a aquel hombre y conoció al padre de su segundo hijo, que le sacaba 20 años de edad. Pero debido a presiones paternas, la relación acabó.

Años después conoció a un hombre de su misma edad con el que congenió y tuvo un tercer hijo, pero la relación tampoco fructificó por las infidelidades de él.

Ahora vive sola con sus tres hijos en una casa de ladrillo de cemento desnudo y techo de zinc, frente a una calle de tierra en su pueblo natal.

EMBARAZO Y POBREZA

Una de las consecuencias más palpables de las uniones tempranas son los embarazos adolescentes, que acarrean mayores riesgos tanto para la madre como para el feto.

El 19,1 % de las adolescentes dominicanas de hasta 19 años ha estado embarazada alguna vez, según los datos de la encuesta oficial Enhogar, divulgada en septiembre pasado por el Gobierno.

Tres de cada cuatro embarazos adolescentes en el país son consecuencia de una unión temprana.

Con apenas 15 años, Maiky Adames se quedó embarazada de gemelos, pero perdió a uno de los dos durante la cesárea que le hicieron antes de llegar a los ocho meses de gestación, una intervención que a ella casi le cuesta la vida.

“El niño duró 17 días en la incubadora. Se moría, revivía…”, recuerda Maiky. Tras múltiples hospitalizaciones, su hijo salió adelante. A los 13 años, le han quedado como secuelas la dificultad para hablar y un 75 % de sordera. “Ha sido un proceso muy difícil que no todas las jóvenes lo aguantarían”, advierte.

Otra de las consecuencias más evidentes es la pobreza. La necesidad de criar a los hijos y de darles sustento, en muchas ocasiones sin un marido al lado, aboca a muchas de estas mujeres a la miseria.

“Significa la falta de oportunidades para quienes están involucrados. Y significa también posiblemente su condena a la pobreza, a la pobreza extrema y a la condición de vulnerable. Dejan los estudios y generalmente pasan por situaciones sumamente difíciles”, dice la ministra de la Mujer.