“Mil a cien, mil a cien” grita un señor, con la certeza de que uno de los gallos está casi muerto. Las personas que apostaron por el gallo contrario golpean sin cesar la protección del redondel donde están todos aglomerados y cuando el juez proclama al ganador, se lanzan entre ellos billetes estrujados con el fin de pagar las apuestas.

Los domingos en la tarde, en un ambiente tenso, cargado de sudor, calor y ruido los galleros entregan las aves al encargado de pesar y encajonar los ejemplares, para luego, en medio de acaloradas discusiones entre los dueños, acordar un contrincante del mismo peso y edad y llevarlas a luchar a muerte.

En medio del jaleo y la bachata unos aprovechan para empezar a probar suerte en un juego de seis dados llamado “Vironay”, mientras la gallera se prepara para abrir la puerta.

El calor se adueña del lugar y con luz tenue, en un pequeño espacio del tamaño de un carro, se procede a armar los gallos con afiladas espuelas de plástico y ya dentro del redondel se presentan ante el público. Cada gallo se etiqueta con una cinta de color blanca o azul que según el porte y el aspecto de cada ejemplar se acuerdan apuestas secundarias entre las personas que están en el lugar.

Por responsabilidad de cada quien, corren las apuestas, bajo palabra, no se firma ningún documento que formalice la jugada, la palabra en la gallera es sagrada, se acuerda el monto y con una simple seña se “firma” el pacto. Las apuestas pueden ser de cantidades insignificantes como cincuenta o cien pesos, o, llegar a sumas considerables de veinte mil pesos o más.

Los asientos están seccionados según la cercanía al redondel: mientras mas cerca se está más información se obtiene de la pelea, por ende las apuestas tienen mas probabilidades de ser ganadas.

“ Voy mil al blanco, ¿va?

– Va!”

Dentro del redondel se ofrecen, por parte de la gallera rifas, que por un monto de doscientos pesos se obtiene una tirilla con tres números, el número ganador se lleva cuatro mil pesos; además se venden números para todas las loterías, alimentos y bebidas con el fin de que las personas disfruten del espectáculo sin abandonar sus asientos.

“-Tres siete, tres siete con cinco mil”- grita un gallero el peso de su animal y el monto de su apuesta.

Las apuestas pueden parecer ridículas, pues todo lo que allí sucede es motivo para apostar: se cruzan las apuestas, o sea, se apuesta por el gallo contrario, a la pelea más corta, a si el número que resulta de la rifa es par o impar, en fin que cualquier suceso merece una apuesta.

Luego de unos minutos de plumas, sangre y dinero cae abatido uno de los contrincantes, las apuestas se pagan, el chico de la esponja limpia la sangre del redondel y lo prepara para el próximo combate.

La “baja” (gallo muerto) es entregado a su dueño quien decide que hacer con el animal.

En República Dominicana las peleas de gallos son legales en todo su territorio y están reguladas por el ayuntamiento de su municipio cabecera.

Las aves son marcadas por el Ministerio de Deportes con una placa metálica que indica la fecha de nacimiento y el linaje de las mismas. Las gallinas y los padrotes (gallos exclusivos para la reproducción) son elegidos cuidadosamente para aportar un material genético de óptima calidad para el propósito que son criados, la lucha.

Esta gallera, ubicada en cualquier lugar de República Dominicana, cuenta con su propia traba ( lugar de crianza y entrenamiento de gallos de pelea ), una gallera que funciona como negocio familiar. El propietario cuenta con una traba con mas de 200 ejemplares a los que día a día los traberos (cuidadores de gallos) los alimentan y entrenan para la lucha.