Militares, agentes migratorios, algunos fiscales, Todos juegan en el mismo equipo.

POR SANTIAGO UREÑA PERIODISTA FRONTERIZO RDH

Las fuertes brisas y un sol ardiente es el horizonte todavía impregna de calor e ilumina la carretera Manolo Tavares justo del Noroeste que conecta a Montecristi con Dajabón
Muestran las características de los hombres conocidos en la frontera como “poteas” que, en sus vehículos con asientos modificados para llevar mayor número de pasajeros, se desplazan a alta velocidad transportando indocumentados. El equipo de prensa decide darle seguimiento.

Varios metros antes de llegar al puesto de chequeo El Puente, en Montecristi, las provincias dominicanas que colinda con Haití por la región norte, los motociclistas se detienen a un extremo de la carretera y bajan a los “pasajeros”: cuatro mujeres y 5 niños que se resguardan entre ramas y hombres haitiano caminan con bultos en plena carretera de Montecristi. En sus rostros se ven unos ojos enormes y mandíbulas apretadas.
cuando un equipo de periodista fronterizo RDH se percata de la travesía de los haitianos en motocicleta conducidas por dominicanos.

Uno de los motoristas se adelanta a conversar con los agentes apostados en el puesto de chequeo del Ejército de República Dominicana, mientras los dos restantes esperan su regreso antes de decidirse a seguir su trayecto.
Los militares tienen la misión de salvaguardar la frontera para frenar el tráfico de indocumentados y mercancía ilegal, como ajo, cigarrillo, armas y droga.

Los que se ocultan en el matorral son parte del universo de inmigrantes haitianos que se mueven con sigilo por la región fronteriza dominicana con destino a zonas en donde buscan emplearse en la agricultura, el turismo o la construcción.

Muchos procuran reunirse con familiares, cientos de embarazadas llegan cada año a dar a luz en hospitales públicos y mujeres y niños cruzan la línea divisoria, incluso, para mendigar en los cruces de los semáforos de las avenidas de grandes ciudades.

Los que los apoyan se encargan de abrirles paso, convenciendo, a veces con sobornos de grandes sumas de dinero, a los agentes encargados de la vigilancia de que permitan su desplazamiento.

La escena de este 31 de agosto de muestra, a la luz del sol, una práctica de tráfico ilícito de migrantes que por años ha sido común en las demarcaciones fronterizas dominicanas, encubierta entre la impunidad y complicidad que envuelve muchos de los casos.