Un joven médico español, el dr. Valentín Benavente, comenzó a ejercer su profesión a principios de 1900. Se ganó la confianza del pueblo por su conocimiento de la ciencia médica, y era cirujano del Hospital de Sangre que funcionaba en esta ciudad durante las revoluciones de esa época. Logró reunir una fortuna, y al llegar a la madurez de su vida, resolvió irse a morir a España, al lado de los suyos. Un norteamericano, el dr. Bentz, ejerció su profesión en la ciudad durante dos o tres años. Comenzó en el 1907, y se ocupaba de clínica y cirugía. Ausentase luego para su tierra, no sin dejar grato recuerdo de su corta estadía. Algo después, en 1911, el dr. Martín Canals, médico español, comenzó a ejercer en Montecristi. Durante muchos años ejerció con buen acierto, y fue estimado por sus buenas cualidades morales. Resolvió ir a ejercer a San Francisco de Macorís, pero pasados algunos años regresó a esta. Su estadía aquí entonces fue corta, y se dirigió nuevamente a San Francisco de Macorís y allí murió.

Para esa misma época ejercía también el dr. Abel González Quesada, quien llegó a esa ciudad a mediados del 1911. Seis o siete años estuvo ejerciendo aquí su profesión, yéndose entonces a trabajar a La Vega. Se ocupaba de clínica y de cirugía, y es aún bien recordado en la ciudad. Tuvo el primer vehículo de motor en esa ciudad. El dr. de la Mata, español, se ubicó en la ciudad en el 1912, vino como cirujano del Hospital de Sangre que fue preciso fundar para atender a los numerosos heridos que producían las campañas guerreras de ese tiempo. Algún tiempo después se fue a ejercer su profesión a Haití. El dr. Darío Contreras, quien residía en Santiago, pero pasaba algunos días en la ciudad dos o tres veces al mes. Venia a consultar muchos enfermos, pero sobre todo a hacer cirugía, operando muchos casos. Sus visitas, que se extendieron desde el año 1916 hasta el 1918, son todavía gratamente recordadas por los buenos éxitos que tuvo en toda la región nordestana.

Acontece entonces la ocupación americana. Las fuerzas de ocupación tenían sus médicos, pero estos rara vez veían enfermos civiles. No obstante, algunos como los Dres. Mills, Silverman y Montgomery, dejaron gratos recuerdos por el servicio que prestaron a enfermos dominicanos, sobre todo el último, que trabajó con mucho entusiasmo durante la epidemia de influenza. El dr. Francisco Torres de Luna, vino durante el año de 1918. Ejerció varios años y luego se fue de la ciudad. volvió en el 1940, pero solo pasó algunos meses, ausentándose nuevamente hacia el interior. Goza de muy buena simpatía en la ciudad.Para esa época, 1918, ejerció también el dr. Elvido B. Creales, pero solo por poco tiempo, pues tuvo la desgracia de ser atacado por la influenza y morir a consecuencia de ese mal.

Llegó en 1930 el dr. Rodolfo de la Cruz L., quien vino a ocupar la oficina de Sanidad de esta, como médico sanitario provincial. Algunos años después dejó de serlo, pero continuó ejerciendo su profesión. Nuevamente fue nombrado médico sanitario, hasta que dejó la ciudad en 1937, yendo a fijar su residencia a San Francisco de Macorís. Montecristi recuerda gratamente este hombre, sus profundos conocimientos de la medicina y sus buenas dotes morales, hicieron que se granjeara su simpatía y aprecio. Ejercía su profesión con verdadero ahínco, y fundó conjuntamente con el dr. Federico M. Smester una clínica médico-quirúrgica, que muchos y buenos servicios rindió a la comunidad. A principio de 1933 fue instalado en la ciudad el hospital público “Ventura Ricardo”. Un nuevo giro toma entonces la práctica médica en la región: se hacen corrientes las operaciones de alta cirugía y el tratamiento adecuado de los enfermos. Interesante historia de una pujante y bella ciudad.