Seres humanos en la política que no cambien su piel al arribar a un cargo público.

Por CÁNDIDO MERCEDES 03-05-2021 00:05

 “Que los hechos no están seguros en manos del poder es algo evidente. El poder es un instrumento poco fiable, pues no solo los hechos están inseguros en sus manos, sino también la no verdad y los no hechos”. (Hannan Arendt).

Expresados en estudios, en encuestas, la sociedad dominicana en los últimos 14 años se dibujó cuasi gráficamente como un cuerpo social mutilado por la cultura de la desesperanza. Más del 63% de los jóvenes señalaba que en los próximos 3 – 4 años querían migrar de nuestro país. 83% promedio cada año, que la corrupción era igual o peor que el año anterior. Se instalaría así una inercia social caracterizada por la indiferencia, el silencio y el miedo. A esa cultura de la desesperanza, para profundizar el laberinto, se acotaría la tolerancia frente a la conducta de la desviación, al comportamiento desviado como tinta indeleble de la captura del Estado.

El resultado fue un efecto cascada que se deslizó en todos los tramos de la escalera de la estratificación social. El dilema ético se entronizó en la sociedad como norma social para validar los desmanes en cada resquicio de la vida humana. La pequeña corrupción se dispararía y la mega corrupción llegaría a la estratosfera como eje sin límite, como escozor de la descomposición y degradación.

El dilema ético es “como una decisión indeseable o desagradable relacionada con un principio o práctica moral”. La ética trasciende la corrupción, empero, la contiene. Los dilemas éticos más socorridos son:

  1. Hacemos lo que resulta más conveniente;
  2. Hacemos todo lo necesario para ganar;
  3. Nosotros pensamos nuestras opciones con relativismo.

Esa desesperanza, drenada en la tolerancia, generaría el sopor de la desconfianza. Una sociedad matizada por el tamiz de la desconfianza no puede generar un proyecto colectivo que sintetice una agenda económica-social- político- institucional desde una perspectiva proactiva. Como nos decía Confucio “Los que asumen la autoridad al obtener un cargo público deben controlar severamente sus acciones, con el fin de actuar acertadamente en todo momento al evitar el mal. En caso contrario, provocarían la ruina del Estado”.

La ruina del Estado desde la óptica ético-moral es lo que estamos viendo en los distintos expedientes que ha instrumentalizado la PEPCA: Operación Anti pulpo y el Coral y Calamares. ¡Cuánta ignominia e iniquidad en cada investigación flota al aire! Una verdadera inmundicia, un estercolero cimentado en la descomposición más atroz y abominable. Execrable fue la desconfiguración al país, pincelada en el tuétano de la putrefacción.

El quid pro qud de la confianza que es la integridad y la transparencia, no cohabitaron como un mismo cuerpo. Transparencia como instrumentalización solo estaba en la normativa no como una asunción develada en la praxis social. Aquella era asumida solo como estrategia de marketing político, como la lindeza de la publicidad. A esa transparencia, en la normativa, en las leyes, le buscaban un atajo. Verbigracia: en la página de internet de la Procuraduría a través de la Ley de Libre Acceso a la Información Pública encontrábamos que el Procurador ganaba lo que dice la Ley 105-13 de Sueldo y salarios. Sin embargo, el SASP del Ministerio de Administración Pública aparecía con RD$600,000.00: 1.71 veces más que lo establecido legalmente. Sucedería con los concursos para las construcciones de escuelas. Los atajos eran de todas formas, en todas dimensiones. Los Tucanos y Embraer. La Sund Land; ODEBRECHT. La famosa frase de Max Weber se lleva a cabo de manera palmaria en nuestra nación: “Hay individuos que viven para la política y otros que viven de la política”.

Somos una sociedad caracterizada por una ética situacional donde el relativismo es la constitución que lo relativiza todo, trayendo consigo un verdadero caos ético donde cada individuo, cada empleado público, cada funcionario cree poseer sus propias reglas, sus propias normativas, generaría en el concierto de cada situación. La tolerancia hacia lo mal hecho, granulada con el espesor de la desesperanza y la desconfianza, penetró hondamente hasta producir una horrida complicidad social. Todo el tejido social se mueve como un caracol infectado. La lacra sistemática, cuasi sempiterna, perforó los muros de las instituciones públicas.

La complicidad ha sido la antorcha del “brillo” del fraude social. El fraude social definido por Latinobarómetro como “cuando un pueblo masivamente desconoce las reglas, las normas y el Estado no es capaz de controlar y regular a todos por igual”. Cuando vemos los 127 muertos y 333 intoxicados en lo que va de año más los 222 fallecidos en el 2020, nos encontramos ante una sociedad donde el cinismo, la simulación y la hipocresía social han sido las anclas de una sociedad enferma.

¿Quién no sabe dónde falsifican medicina, quien no sabe dónde están “las empresas” que fabrican con metanol? ¿Acaso Impuestos Internos ha señalado que de 123 empresas que fabrican hay alrededor de 100 que no pagan impuestos? ¿No sabemos quiénes importan ese compuesto orgánico que es un alcohol y saber su trazabilidad? ¿Cómo entender que a más de 5 años de la introducción del Anteproyecto de Extinción de dominio no se haya aprobado y la Ley de Lavado de activos fuera modificada en el Congreso para disminuir los sujetos obligados?

Las respuestas, con lo que estamos viendo hoy, es clara. Sabían que tenían una cleptocracia y aprobar esas leyes significaría prontamente la devolución de lo robado y una menor auscultación de parte de los órganos de mecanismos de control. El necropoder era la brújula nefasta de las distintas estampidas de la acumulación. Estamos en presencia, donde la realidad del desborde de la ausencia de ética superó la imaginación. Las informaciones, los datos de los distintos expedientes son tan abominables, tan vergonzantes que una persona queda aturdida ante tanta degradación y abuso de poder.

Como sabemos que la ética, como la moral, es una construcción que nos hace más humanos en tanto manifestaciones de la convivencia humana, que alcanza su clímax de decantación, diferenciación, en tanto nuestra evolución humana. Ella es, en plenitud, la trascendencia del homo sapiens. La ética es lo que nos hace más humanos al tomar en cuenta a todos los actores. Como nos sugería Kant “Obra siempre de manera tal, que la máxima de tu acción pueda ser erigida en norma universal”.

Se requiere impulsar la integridad institucional, la necesaria gobernanza ética, la ética institucional, el buen gobierno. Asumir una nueva cultura organizacional donde el servidor público visualice su cargo como un honor del Estado hacia su persona y donde los mismos no vean el funcionariado como una forma de servirse, sino de servir más allá de sus intereses particulares y de su lógica personal. Alguien dijo “Solo lo que puede hacerse público es justo, lo que reviste de opacidad no es de fiar”.

Tenemos que usar la transparencia como soporte y arma del control político. Desarrollar una cultura de prevención, de honestidad, de nitidez, limpidez y diafanidad. ¡Allí donde busquemos las mejores cabezas que estén constantemente unidas a los mejores corazones! Encontrar seres humanos en la política que no cambien su piel al arribar a un cargo público. Que la visión del poder sea el puente para glorificar las políticas inclusivas y desde allí, hacer más con menos: conjuntar un liderazgo con fuerte voluntad política